FILOSOFÍA TAXISTA por el “Chafirete”: para todo existe una opinión.

DE PUTAS, TRAICIONES Y CRUDAS (Reflexiones erizas sobre la “Table Dance”)

Por Tonatihu Mercado

Por lo general la reflexión llega al día siguiente en el desamparo de una cruda mortal, la mano metida en el pantalón y la desorientación espacial. Para los que no nos gusta el alcohol esto es muy desagradable, imperdonable: podría presumir que fue por una causa noble, podría alegar que por lo menos me había divertido.

El simple hecho me avergüenza y no por puritano, asistir a un “Table Dance” no es algo congruente con la educación con la cual fui iniciado; precisamente por los argumentos intelectuales que pretende eliminar el machismo, modificando aquella forma de ver al sexo femenino como un objeto sexual. Corrompiendo mis principios llegamos como a la media noche, no con poco interés, expectantes claro; imposible negar que me encantan las mujeres con cierta preferencia desvestidas. Éramos cinco perros, patrocinados por uno de éstos en su calidad de macho alfa por pudiente. La cosa no comenzó tan mal, de buenas a primeras se instaló una chica dos tres, gratis y de facto sobre mis piernas. Estaba muy desconcertado, porque para que yo me encontrara en la misma situación otro tipo de labor tendría que haber hecho (dinero no tengo: soy poeta); por ejemplo recitarle unos poemas, hacerle saber que mi agilidad en el verbo también es una destreza en la cama, pero sobre todo, encantarla con una historia, tan maravillosa como para poder estar tres noches con sus días sin salir del hotel. A veces pega, a veces no. Finalmente todos y cada uno de nosotros tenemos una opinión y nos conducimos en consecuencia, a saber. De lo que tratamos aquí tiene que ver con las argumentaciones, las reflexiones, las críticas y demás detalles con los que nos conducimos en la vida cotidiana, en mi opinión muy cercano a lo que quiere decir filosofar, algo que va más allá de la cuadratura y los conceptos raquíticos de la academia.

Sentada sobre mis piernas sin haberme costado no sabía qué hacer. Era mi chica, comencé a recitarle mis versos enamorados, sino entonces para qué quería yo una mujer. Pero, sin antes decirme “estas muy huesudo” se fue con el que traía el varo, mis poemas no fueron de su interés. Debut y despedida. A partir de ese momento la fiesta se fue a la debacle. Podía cantar todo José José y Vicente Fernández, mientras algunos entraban al privado, en el despecho lo mandé todo a la mierda. Por su parte, mis camaradas sabían muy bien qué hacer con una chica alquilada, las botellas y sus carteras. Me acostumbré a ver tetas que logró que mi erección se muriera. “Me quiero ir a mi casa a fumar un porro, tener fantasías con mis amores y hasta mis peores conquistas”. Descubrí que mi ego se satisface cuando alguna de estas amantes pronunciaba mi nombre, eso decía para mí que querían estar ahí y no en otro lado, con este imbécil único en el universo, con este cuentacuentos. Mi amigo se fue acabando estrepitosamente su sexapil, la botella se vació y se fueron las chicas. Aburrido con la geta embarrada sobre la “Table” me puse a imaginar todo lo que yo habría hecho con el bonche de dinero que habían gastado en esta empresa. Porque finalmente lo que uno quiere es depositar su semillita, al menos como simulacro estrellándola sobre el muro látex, y conmover a más de una hembra. Entonces yo hubiera ocupado ese dinero para pagar mi teléfono que estaban cortado, llamarle a una u otra de esas lindas amigas que se saben mi nombre y están deseosas de que exploré sus maravillas, pagar un cuarto de hotel, comprar a lo mucho un par de botellas de vino en Sumesa, un par de cajas de condones y hasta para unos tacos nos hubiera alcanzado. Claro que hubiera prescindido del séquito de compas, en mi opinión, cómo para qué convivir con puros hombres. Huácala, la manada de machos apestando a testosterona.

Y entonces qué pedo con el “Table Dance”, si yo lo que quiero son mujeres, tocarlas, olerlas, saciarme y saciarlas: Morirnos. No voy al “Table Dance” porque a mi parecer ahí se mueven otros intereses. El atractivo es sentirse un ser poderoso al pagar, como un todopoderoso en falso, eso es lo que pone, el poder del dinero, la máxima exacerbación del ego, poder sacar la cartera una y otra vez es la máxima satisfacción. Demostrando su poderío y compitiendo contra los otros individuos de la perrada: el más chingón no es el que se tire a más viejas, sino aquel que pueda consumir más. El dinero suplantando la creatividad de la conquista. Por mi parte me eleva al máximo sentirme amado, aunque sea sólo por una noche, que diga mi nombre y nos marchemos con una sonrisa en la mirada satisfechos por la historia que escribimos juntos.

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