PUBLICACIONES (Libros, compilaciones, artículos…

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2012 ANTOLOGADO Amorvozos; Editorial Morvoz, México D.F.

2011 ANTOLOGADO Somos poetas ¿Y qué?, Antología Regional Vol. 1- México D.F. ; (H)onda Nómada Ediciones, México D.F

2011 PUBLICACIÓN El mirón de la ventana no vio nada, novela, editoria REDEZ; México 2011

2011 PUBLICACIÓN del artículo Poesía más allá de las fronteras; Agua sobre la lajas; Año 1, Número 3. Marzo- abril, México D.F.

2011 ANTOLOGADO Grito de mujer, poesía rebelde. Compilación de poesía Iberomericana 2011 Vol. 3 Editorial Cascada de palabras/ Cartonera, México, D.F

2010 PUBLICACIÓN del artículo Episodios de la vida de Culhuacán; Agua sobre la lajas; Año 1, Número 1. Diciembre, México D.F.

2010 ANTOLOGADO Garage 69, Compilación de poesía erótica iberoamericana 2010, Editorial Cascada de palabras/ Cartonera, México, D.F

2010 ANTOLOGADO El Grito, compilación Iberoamericana de poesía 2010, Editorial Cascada de palabras/ Cartonera, México, D.F

2010 PUBLICACIÓN en Antología XVI Encuentro Internacional de Poetas; Editorial CAT, México, Michoacán

2009 ANTOLOGADO del poemario Las flores del colibrí; Editorial Verso Destierro, 2da. edición; mayo 2009. México, D. F. Tiraje de 1000 ejemplares.

2008 PUBLICACIÓN del poemario Blabladas (incluye artículo Primeras líneas en busca de una fundamentación estética del blablaísmo); Editorial Raíz y Tumba; octubre 2008. México D. F. Tiraje de 300 ejemplares.

2007 PUBLICACIÓN del artículo Mito y mitología de William Blake; Dark; Año 1, Número 3. Diciembre, México D.F.

2006 PUBLICACIÓN del poema Sólo voy a pensarte de blanco; Verso Destierro No. 8 “Belleza”; agosto/septiembre, México D.F.

2006 PUBLICACIÓN del poema Blablada 0; Libélula Nocturna No. 17; Año 2, junio, México, D. F.

2006 PUBLICACIÓN de los poemas Blablada 6 y 7; Libélula Nocturna No. 16; Año 2, mayo, México, D. F.

2006 PUBLICACIÓN del poema El eclipse; Libélula Nocturna No. 15, Año 2, abril, México, D. F.

2006 PUBLICACIÓN de los poemas La gotera y La bruja; Libélula Nocturna No 14: Año 2, marzo 2006. México, D. F.

2006 PUBLICACIÓN del poema La espada; Libélula Nocturna No. 13, Año 2, febrero 2006. México, D. F.

2004 PUBLICACIÓN  del poema Un hombre que dijo ser el mar…; Ediciones Lago (publicaciones Libro Arte Objeto); marzo 2004. México D. F.

2003 PUBLICACIÓN del poemario Las Flores del Colibrí; Ediciones Lago, (publicaciones Libro Arte Objeto), 1era. edición; octubre 2003. México, D. F.

2003 PUBLICACIÓN del cuaderno-poemario Cuaderno de viaje; Ediciones Lago (publicaciones Libro Arte Objeto); octubre 2003. México, D. F.

1997 PUBLICACIÓN del poema Mujer partida en dos y un viajero; Orate No. 7, Año 1, junio 1997. Morelia, Mich.

1997 PUBLICACIÓN  del poema Es probable que hable de una mujer; Flor de Loto No. 9, abril 1997. Universidad Autónoma de San Nicolás de Hidalgo, Morelia Mich.

1996 PUBLICACIÓN de la fábula La salamandra y el coyote Flor de Loto No. 7, para el mes de agosto. Universidad Autónoma de San Nicolás de Hidalgo, Morelia Mich.

“El miron de la ventana no vio nada”

Novela. Fotografía de portada Mariana Reyes; ilustraciones Osiris Puerto; Presentación de Monica Gameros y Manuel Pérez-Petit, ediciones Redez

Ejemplares en venta

SALIDA AL NEO SURREALISMO LITERARIO A TIEMPO

Monica Gameros México D.F

Favor de abordar su unidad/ Abroche su cinturón.

Al mando, el capitán Tonatihu Mercado G.

Bienvenido viajero de las letras, adicto a las imágenes ilógicas e inmortales de la literatura. Se ha comprado el ticket al viaje de la bestialidad humana: aquí los sueños, los vicios, el amor y la lujuria, la sinrazón y el sadismo, se cogen de la mano para andar por los canales y las cloacas de la ciudad de la violencia pura vuelta poesía, apuntalada en una novela pluridimensional.

Tonatihu Mercado, aspirante y suspirante de los reflejos de la luz solar sobre la animalidad de hombres, mujeres y bestias, nos retrata los callejones oscuros, las bodegas del contrabando, los viciosos de la mafia y la cursilería de las putas enamoradas, al tiempo que, podremos compadecer el duelo de las viudas negras en medio de una hermosa historia de amor.

Conocerán eso sí, a los magos de la vida, los chamanes y las brujas que nos llevan a las puntas de las estrellas en medio de cuentos y leyendas que nos indican el camino a la cura de la ceguera, sobre todo, después de extasiarse con los destellos de la pluma de un filósofo, artista, perfomer y poeta, un loco que tira las palabras como el dragón de Komodo escupe sobre su presa; al menor descuido podría ser intoxicado por la ponzoña de este joven escritor que ha vuelto de su gira por el mictlán, la pléyades y los múltiples círculos del infierno, nomás para contarnos de su odisea, en tanto que el atardecer se  desparrama e invade la ventana por la que el mirón que lo sabe todo y no sabe nada, se mantiene seguro, sin darse cuenta que, sin él, nada ni nadie podría seguir existiendo.

PRESENTACIÓN

 Manuel Pérez-Petit

El mirón de la ventana no vio nada o la luz de la oscuridad

La novela de Tonatihu Mercado, entre otras cosas, es un relato ocular. La mirada es testigo y narradora, puerta por la cual se exploran mundos de difícil acceso y de imposible comprensión para los demás sentidos. Es la mirada lo que construye al relato, la mirada del narrador y la mirada del “mirón”, la mirada que penetra en cuadros pintorescos de atmósferas nocturnas y bajo fondos.

Y además de la mirada narradora es también la noche un elemento decisivo en la novela. La noche no es misterio sino revelación; es en la noche cuando los personajes de esta novela viven -o mejor será decir “sobreviven”- a un zoológico urbano, corrupto, ruin, lleno de ramas cuyo fin, en muchos casos, no llega a vislumbrarse nunca. Los personajes de esta novela son nominados por el nombre de un animal que los identifica; Tonatiuh los animaliza. Los borrachos, las putas, los drogadictos y todos los personajes que participan en esta atmósfera esquiza son siempre –y esto nos recuerda al naturalismo– envueltos por sus circunstancias sociales y geográficas.

El título, El mirón de la ventana no vio nada, entraña en sí una obvia contradicción, pero explica precisamente el objeto de la novela: no contar nada, sólo mirar, sólo mirar lo que todos miran y no ven, lo que a fuerza de obviedad se vuelve prohibido.

Esta el lector ante una novela de nuestro tiempo, en la que incluso las personas de mayor curiosidad e interés intelectual divagan y divagan sin encontrar final para sus diatribas en muchos casos; una novela abierta de la que pueden surgir, a su vez, innumerables novelas, en un círculo que, como la vida, no acaba nunca.

EL CERTERO Y DIFÍCIL ARTE DE MIRAR

SIN VER NADA DE TONATIHU MERCADO[1]

Alejandro Higashi

Universidad Autónoma Metropolitana Iztapalapa

Esta es una novela que no le va a gustar a mucha gente. No quiero decir con ello que sea mala, excesivamente mala, ni que sea buena, excesivamente buena. Sino todo lo contrario. Se trata de un libro complejo y, si somos sinceros, tendremos que aceptar que las cosas complejas nos atraen, pero muy pocas veces nos gustan. No seducen, pero pocas veces se quedan con nosotros. Es en ese sentido que El mirón de la ventana no vio nada es una obra compleja, seductora y retadora al mismo tiempo.

Se trata de una novela compleja desde su propio título, en el que nos invita a participar de una parafilia bien identificada y no muy bien vista en nuestra sociedad: el voyeurismo como ese tipo de conducta sexual en el que la excitación depende fuertemente del sentido de la vista. Bueno, descrito así parece algo malo, pero en cierta medida la mirada ha sido un eje fundamental para el arte: desde los vitrales de una catedral medieval hasta el relicario decimonónico más humilde; no es casualidad que el cuarto tomo de las obras completas de Octavio Paz se haya titulado “Los privilegios de la vista”. Así, la parafilia erótica puede equipararse bien, en su versión menos tanática y más hiperbólica, con un motor fundamental de la creación artística. “Mirón”, de hecho, es aquel que mira insistentemente, de modo que igual puede atribuirse a la delectación del artista que a la delectación del parafílico “mirón” al que aludimos en el voyeurismo. Pero nuestro mirón, desde el mismo título, es un pobre diablo: su naturaleza ontológica, el “mirar con curiosidad”, ha fracasado, de ahí que “no vio nada”. Se trata de un mirón que ha fracasado y que nos regala con una mirada hacia todo y hacia nada, en una compleja negación que nos dice que “no vio”, o sea que “sí vio”; pero lo que “sí vio” fue “nada”, de modo que al final no vio nada; aunque nos queda la duda de que en algunas religiones orientales la nada está cargada de fuerza y energía positiva, de modo que “no ver nada” puede ser una suerte de iluminación en la que, podemos sospechar, se aloja una gran verdad. O, quizá, sólo quizá, todo esto sólo es un gran fraude. Y este título, por supuesto, nos pondrá también sobre la pista de otros mirones famosos en la literatura, desde La ventana indiscreta de Hitchcock, de 1954, y Le Voyeur de Alain Robbe-Grillet, de 1955, hasta la Lolita de Nabokov, también de 1955, o la de Kubrik, de 1962. Esto, por hablar de la estirpe culta, porque también hay muchos filmes porno con el mismo tema, como El mirón y la exhibicionista, película española dirigida por Jesús Franco y Lina Romay, de 1986.

El mirón, arraigado en la cultura mexicana, también es que mira y no hace nada; nadie olvida, por supuesto, la máxima del no más estar mirando cuando alguien dice ¿qué haces? y el otro contesta, “aquí, nomás milando como el chinito!”. El mirón de la ventana también es una figura popular, la del conacional capaz de mirar, delante de sus ojos el mayor abuso, perpetrado con la mayor impunidad, y exhibir, sin apenas un sonrojo, su capacidad para “hacer que no pasa nada”. En ese mirón vemos reconocida nuestra parte más perversa, pues a ella debemos tanta corrupción y tantos abusos como vivimos día a día en una ciudad tan hermosa y compleja al mismo tiempo.

La novela también es compleja desde su página inicial, pues nos obliga a leer no sólo en dos columnas, sino entre columnas, pues la totalidad del texto se inserta en las imágenes de Osiris Puerto que con algo de soltura y desparpajo van dando cuenta, como si se tratara de un coro griego, del canto y contracanto de la propia novela. Así, lo que vemos en las imágenes se amplifica en el texto (o, al menos, se explica) y lo que podemos leer en el texto cobra vida en las caricaturas de los distintos pórticos (decoración característica de los manuscritos medievales iluminados en la que el texto queda encuadrado dentro de un dibujo arquitectónico). La impaginación (me refiero a la disposición en la página de texto e imágenes) responde, sin duda, a una voluntad de recordarnos que la novela se trata de un “mirón”, de modo que lo que leemos también lo vemos. Quizá el “mirón” somos nosotros mismos. La complejidad de las ornamentaciones depende también de sus cambios sorpresivos: para el capítulo I se trata de un pórtico, pero el capítulo II estará enmarcado por ilustraciones marginales en las que vemos presentes a los personajes principales: la Viuda Samanta Negra en el margen interior, con un tatuaje de reloj de arena en la espalda, las “arañas más feas y gordas del mundo” en  el margen bajo junto al carismático Mapacheco, la Gorda Chamuscada en el margen exterior; en la parte superior de estos mismos márgenes, al interior el Sargento Camarillo Leoncio, al exterior el Águila de Cabeza Blanca, en la parte superior, como acostado en la página, Marisa, la libélula travesti; en el capítulo III, la mano que escribe en una franja baja, el viejo que avanza en la noche, una Tuátara, en una franja intermedia; en la franja superior, una choza y un paraje nocturno; en el capítulo IV, volvemos al pórtico, con los agregados del Dragón de Komodo y la Sardina. En el capítulo V, el orlado servirá para presentar al variado público que asiste al espectáculo de Marisa, la Libélula travesti, con letra completa de una canción de Paquita la del Barrio, y mediante una ingeniosa disposición de la ilustración intercolumnar donde el reflector se abre paso a través de las letras para iluminar a la Libelula travesti. En el capítulo VI se vuelve a las tres fajillas: superior para  el Águila de Cabeza Blanca y Afrodita, sorprendidos en un encuentro sexual tan violento como apasionado, la central para el Dragón de Komodo y sus amigos, la inferior para los ojos un tanto santificados y como cruzando por un éxtasis religioso del “mirón”, atentos en todo momento al texto en la parte superior de la página. En el capítulo VII, la ilustración de la cabeza de la página nos muestra al Águila de Cabeza Blanca en un descenso veloz y violento (en su mano lleva una pistola) hacia el texto a dos columnas; la ilustración a pie de página nos muestra los cuerpos desnudos y entrelazados de Esmeralda y Afrodita, la salamandra y la serpiente, a cuyo abrazo sexual hemos asistido en el primer capítulo. En el capítulo VIII sólo vemos una ventana abierta, señal inequívoca de que nuestro viaje como “mirones” ha llegado a su fin… o a su principio, pues al final recordamos que “el mirón de la ventana no vio nada” y por más que nos esforzamos en mirar y mirar qué hay dentro del espacio de la ilustración de la ventana, central y enmarcada por dos columnas de texto, la verdad es que sólo podemos advertir el paisaje de una ciudad bajo la lluvia, gris y anegada.

La novela también es compleja por su construcción fuertemente atmosférica: describe ambientes con una abusiva meticulosidad que a menudo nos obliga a olvidarnos de las acciones de sus personajes, pues o atendemos a las minuciosas descripciones o atendemos a la intriga. Por supuesto, somos “mirones”, de modo que lo más probable es que atendamos a las descripciones y no a la intriga. Los espacios descritos y repetidos en eco por el trabajo de ilustraciones son sórdidos:

La noche. Una sombra con ojos carcomidos por los cuervos. La hora perfecta para el festín, el encuentro con los sueños ahorcados y la sed angosta. El espejo cielo negro es la coartada, el calor infernal la droga y la neblina del desierto un manto blanco que empequeñece a las criaturas nocturnas. Triacioneramente viernes (p. 15).

Hablo de descripciones, pero me parece obvio que no podemos referirnos a estas descripciones en un sentido tradicional: se trata de una acelerada sucesión de estados afectivos que ayudan a “sentir” un ambiente.             Así, la noche no nada más es un ambiente nocturno, sino que sus ojos han sido carcomidos por los cuervos en un magnífico festín; la noche no sólo es noche, sino que también es frustración de “sueños ahorcados” y de “sed angosta”. No es un lugar ni es un espacio, es una sensación. Parece natural que si uno de los personajes principales es el “mirón”, la novela se estructure alrededor del sentido de la vista. Aquí, por supuesto, tendría que aclarar que no se trata nada más de ver, sino de palpar una atmósfera agobiante construida a partir de este tipo de descripciones en las que gradualmente se magnifica el aspecto de la realidad que llama la atención.

La novela también es compleja porque es absurda y hasta desconcertante. En el capítulo I sabemos que el Sargento Camarillo Leoncio ha muerto, pero luego lo volvemos a ver por las páginas de los capítulos siguiente; sabemos que la Rata apodada la Tripa tiene un papel protagónico, casi equiparable al del “mirón”, pero luego no la volveremos a ver hasta el capítulo III, como compañera de la Tuátara, pero siempre en segundo plano. Los personajes, animalizados a ratos y a ratos presentados en toda su miseria, no se mantienen uniformes a lo largo de toda la narración. En algunos momentos, se antoja que se trata de una narración absurda, pero esto, no se malentienda, no es malo necesariamente. Todos recordaremos aquel cuento de Kafka en el que Gregorio Samsa despierta convertido en un inmenso insecto; eso sí es absurdo; o la novela de Harumi Murakami en la que el pájaro-que-da-cuerda-al-mundo parece ser responsable de que el protagonista, Tooru Okada, haya perdido su trabajo, su gato, a su mujer y, en última instancia, su vida por completo. También debió parecer absurdo que un hidalgo manchego se pusiera una bacía de barbero en la cabeza en forma de yelmo y  se lanzara a los caminos a combatir gigantes de largos brazos (molinos de viento, en realidad). En la segunda parte de Lázaro de Tormes, de 1555, Lázaro trabaja al servicio de un barco alemán y durante un combate se hunde con el resto de la tripulación; al darse cuenta de que estará bajo el mar, bebe todo el vino que puede y milagrosamente sobrevive, pues el vino no deja entrar el agua salada y lo salva. Acto seguido, Lázaro de Tormes se encomienda a Dios y le pide que haga su voluntad… la voluntad divina se manifiesta transformándolo en atún. Creo que serán muy pocos los ejemplos que podamos espigar en la literatura mundial que no resulten igual de absurdos. Incluso las obras más severas están llenas de absurdos: ¿no es absurdo que en el cuento de Juan Rulfo, “Nos han dado la tierra”, la parte que reciben los campesinos sea la zona árida, que no servía para sembrar? En todo momento, la novela recuerda que la existencia es absurda y que el abuso de poder es absurdo y que mirar y documentar todo esto es absurdo y que mirar y no hacer nada también es absurdo. La culpa de que esta novela sea absurda no es del autor, sino de una sociedad que puede seguir mirando tantos absurdos todos los días sin apenas inmutarse. Aunque, en cierto sentido, no hay que perder de vista que este absurdo, visto desde la compleja y siempre cambiante relación entre el autor y sus lectores, se parece mucho a la denuncia, de modo que presentar un elenco de situaciones absurdas en las que el abuso de poder es un eje se parece mucho a denunciarlas y, de ese modo, volver al terreno fructífero del “hacer algo”.

La novela también es compleja por la animalización de sus personajes. En vez de encontrarnos con simples personajes, página a página vamos descubriendo sus versiones animalizadas. El recurso, como señala el prologuista, Manuel Pérez-Petit, no es nuevo y lo habíamos conocido antes, especialmente en el naturalismo, donde el estudio cuidadoso de las pasiones humanas estaba siempre muy ayudado por la animalización de sus personajes. Pero hay que decir que en estos textos el uso fue siempre tímido. Así, por ejemplo, Pedro Castera, naturalista mexicano, en su cuento de 1882 titulado “La Guapa”, escribe que el rayador “era una hiena para sus odios y para sus amores”, los hermanos de la Guapa reciben los apodos de “El Pato” y “El Coyote”; el rayador intenta violar a la Guapa “más rápido que el gavilán cuando se arroja sobre su presa, bramando como el toro cuando embiste, y con un salto de tigre”; la Guapa, después de defender su honor y matar al rayador que intentó violarla, será conocida por el apodo de “La Leona”. Se trata de un recurso bien aprovechado en la literatura, pero no con el abuso de El mirón de la ventana no vio nada: aquí, prácticamente sólo desfilan por sus páginas personajes zoomorfos sin que haya nunca uno que escape a la regla. Los propios ornamentos editoriales preparados por Osiris Puerto atienden a ello, pues podemos ver cuerpos femeninos voluptuosos y sensuales, pero coronados por cabezas de animales; y fuera de ello, todos son animales. Los dibujos, creo, dan la pista: todos son humanos, al menos en cuerpo, pero respecto a lo que piensan y sienten, se trata de animales que sólo respetan y atienden sus bajas pasiones; que responden a sus instintos sin dudar ni un segundo; que sacian sus necesidades primarias sin pensar en el bien o el mal. Más allá del naturalismo, esta forma de construcción de los personajes también recuerda la fábula tradicional en la que conductas humanas censurables son expresadas con cierta distancia crítica en formas animales, para que la identificación con los seres humanos no sea chocante. En cierto sentido, El mirón de la ventana no vio nada también es una fábula y también, como su modelo, espera una sanción moral en una moraleja concentrada. Quien lea la novela, sin embargo, no la encontrará explícita, porque me parece que la tarea de pensar en el libro no le corresponde al mirón de la ventana, quien finalmente no vio nada, sino a nosotros, los lectores, invitados a mirar y a pensar sobre lo que miramos en esta novela difícil, complicada, pero importante para entender cómo su autor, hoy, mira la realidad que le ha tocado vivir.


[1] Reseña de Tonatihu Mercado, El mirón de la ventana no vio nada, Redez, México, [2011].


ESPEJEO Y DESDOBLAMIENTO EN EL MIRÓN DE LA VENTANA QUE NO VIO NADA

Pilar Cañete

Tonathiu Mercado en, El mirón de la ventana que no vio nada, nos deja ver su desencanto existencial del bajo mundo urbano. Un mundo en el que existen otros submundos que descienden como una cascada furiosa, hacia un abismo laberíntico, agonizante y asfixiante en las calles de la ciudad nocturna. Su única escapatoria es el sueño, un mundo paralelo, en el que encuentra un camino ascendente para huir del hastío cotidiano de la urbe.

La obra comienza con un abanico de historias noctámbulas carnavalescas. En viernes para no variar: el día del reventón, del antro, de los vicios exacerbados que esperan impacientes el fin de semana. Ahora bien, la vida nocturna para los personajes que habitan en la novela, es común: les encanta; algunos viven de ésta y mitigan sus angustias en el alcohol, las drogas, en el sexo pornográfico y obsceno. Asimismo, la atmósfera es de penumbras, de desamparo y se toma de la mano con el sentir de sus personajes.

Como una fábula, los animales son una clara metáfora del carácter de sus personajes. La rata tiene oficio de corredor (transporta mercancías de todo tipo); el Dragón Komodoro, el jefe, por su tamaño y su fuerza; la tuátara cargada de simbolismo en las culturas indígenas, representa a un chamán; el Mapacheco, que se da sus “toques”; la salamandara una mujer negra, la serpiente una, rubia; el águila un Lic. muy tranza, el Sargento Camarillo, un camaleón, el puerquito un borrachín; y, continúan, el Coyote, las arañas, las hienas, los buitres, las hormigas entre otros. Pero también, aparecen humanos como el chino, el Gruños y, por supuesto, no puede faltar el protagonista: El Mirón.

La novela es surrealista por su vocación libertaria sin límites, por la exaltación de los procesos oníricos, del humor corrosivo y de la pasión erótica. Asimismo, tiene toques de lo fantástico por la animalización de sus personajes; las bebidas extravagantes como el tiner, la gasolina; pero también existen las drogas, como larvas de reina en sangre de murciélago, la fiebre amarilla. A su vez, contiene rasgos de la novela policiaca, ya que utiliza  la prolepsis —la anticipación del relato— y nos cuenta parte del pasado no inmediato para adentrarnos en el suspenso e ir armando ese rompecabezas en la resolución del enigma, que es una carta. ¿Qué esconde esa misteriosa carta? Es lo que nos va a llevar a engancharnos con el desenlace. Es en sí una metanovela porque incluye la reflexión sobre la propia novela. 

La historia se centra en tres narradores: El Mirón, un escritor, que es un narrador testigo cuando nos cuenta el relato en tercera persona, pero cuando cambia a la primera, (en el Yo) se convierte en el alter ego, en “el otro Yo”, en la segunda personalidad de Tonathiu “[…] ya que éste le delega la parte más delicada e importante de su trabajo a un ser humano participante del universo que lo ve actuar. De este modo, el autor puede verse reflejado en su personaje, pues también es un ser humano que actúa en su mundo e intenta darle una lógica personal” [1]

En cambio, surge un fenómeno  muy interesante el tercer narrador, una rata que es la que informa al Mirón lo que éste no puede ver. Y así se desencadena un desdoblamiento en el relato de la historia. No obstante, queda la duda: ¿es la autoconsciencia de la rata, del  Mirón o la del autor? La identificación del Yo, del que escribe  y de los entes que narran se funden en uno sólo.

Por lo tanto, se da una metaficción, una escritura autoreferencial, lo que se llama “escritura en abismo”. Se caracteriza porque en ella el narrador o los personajes reflexionan acerca de la misma narración que está leyendo en ese momento: “Nadie vio, ni el mirón de la ventana ni el lector, que dentro del bolso llevaba la pistola del sargento. —No era necesario abrir los ojos para ver…—me dijo el mirón desde la ventana”. (50)

En el capítulo 3, el relato es de un sueño. Se exalta la imaginación poética de Tonathiu y sirve de descanso para el lector, puesto que rompe con los esquemas de la vida noctámbula urbana. Es ahora la noche en calma, en reflexión, un remanso de paz en donde el ojo del Mirón descansa de ese mundo estridente. El lugar, el desierto misterioso que simboliza la magia ancestral de los Toltecas. En ese sueño se encuentra lo cósmico, que ligado a los ritos y mitos, constituyen esta estructura del doble sentido. Ahí si hay estrellas y  ahí el Mirón siente la muerte. Los animales aparecen, pero con otra personalidad, su energía cambia, es más etérea.

Hay un desdoblamiento en el sueño del Mirón, ¿quién lo cuenta? el Mirón, la rata, la Tuátara —una lagartija con poderes mágicos— convertida en chamán, que ahora podría ser el alter ego de Tonathiu. Así como hay desdoblamiento literario, también lo hay en el plano mágico de lo fantástico-maravilloso. Carlos Castaneda, en Relatos de Poder, escribe: “El brujo puede desdoblarse dijo —Don Juan—. Un brujo no tiene ni la menor idea de que está en dos sitios al mismo tiempo. Tener un conocimiento de eso equivale a encarar a su doble”.[2]

Tonathiu hace uso de las palabras para crear “un mundo representado literariamente” y forma una relación con el mundo real. La condición básica es aceptar la ficcionalidad en la voz del autor, es decir, saber distinguir entre el autor real y el autor literario. De esta manera, podremos separar al autor que escribe una obra de las figuras dentro de ella. El desdoblamiento de personaje es un recurso literario que hace evidente la presencia de la ficción y realidad en un texto. En este desdoblamiento el protagonista de una historia sufre un cambio drástico de personalidad en el que se ve envuelto en una nueva vida dentro de otro espacio y tiempo que finalmente se sobreponen al de su existencia anterior, es decir, el personaje termina siendo una persona completamente distinta a la que era cuando empieza la historia.

El Mirón se reconoce y se desconoce casi al mismo tiempo, porque aquello que reconoce no es él, sino que justamente sólo una imagen de él. Una imagen separada, que no le pertenece. La completitud que observa es sólo un engaño, una ilusión de sujeto completo que no es más que una apariencia. Una figura imaginaria de no fragmentación, engañosa y que al mismo tiempo lo confronta con la propia enajenación. El escritor “se espejea” en sus personajes como en  la teoría de Lacan: El estadio del espejo. El Yo se constituye en un reconocimiento en torno a la imagen del otro o en su imagen en el espejo.

En este desdoblamiento del autor- Mirón- rata, se explica la constitución subjetiva como una estructura dinámica organizada en tres registros. Lacan formuló los conceptos de lo real, lo imaginario y lo simbólico para describir estas tres dimensiones anudadas en la constitución del sujeto. El desanudamiento de cualquiera de los tres provoca el desanudamiento de los otros dos.

“El mirón de la ventana hace como yo mejor ni quiero ver. No quiere mirarme”. (15)

El diluvio simboliza la limpieza de ese entorno hostil, violento, desencantado. Es signo de la germinación y la regeneración. Destruye porque las formas están agotadas, pero le sucede siempre una nueva humanidad; evoca la idea de la reabsorción de ésta en el agua primordial y la institución de una nueva época. Generalmente está unido a faltas de la humanidad, contra las leyes y las reglas. Purifica y regenera como un inmenso bautismo colectivo, decidido por una conciencia superior. Casi todas las civilizaciones han tenido la historia de su diluvio: El Génesis bíblico,  Deucalión y Pirra y El Popol Vuh.

Paul Ricoeur menciona la necesidad del recurso al mito respecto del lenguaje religioso, que están en los pasajes bíblicos de la obra: “Polvo eres y polvo serás” (39) […] Y murió toda carne que se mueve sobre la tierra, así de aves como de ganados, y de bestias y de todo reptil que se arrastra sobre la tierra y sobre todo hombre […] (89). Los simbolismos en su lenguaje nos lleva a acercarnos a lo fantástico, mítico,  y onírico.

La novela es sin duda para todo tipo de lectores. En primer lugar el lector implícito, leerá el fondo de la obra; sabrá decodificar los signos y huecos que deja el autor en el relato y por otro, el lector real, leerá la forma porque disfrutará la historia visitando un tugurio en donde identificará su personalidad con alguna característica de los animales; se divertirá con el argot del lenguaje; cantará o tarareará las canciones “Ratas de dos patas” y “El sirenito”. En fin, terminará emborrachándose con el Mirón, todo esto sin necesidad de encontrar un trasfondo de la obra.

En esta época de lluvias torrenciales, su lectura crea la sensación fantástica de encontrarnos dentro del diluvio de la novela. Así pues, imaginación y realidad crearan un espejo, un desdoblamiento y  nos convertiremos en mirones.

[1] Alberto Paredes. Las voces del relato, p.61.

[2] Carlos Castaneda. Relatos de poder, ps. 66-67.

EL MIRÓN DE LA VENTANA NO VIO NADA

Tomás Licea

Foro Art Café, 5 de agosto 2011

El primer lugar quiero agradecer al compañero poeta, novelista y coordinador de relaciones de la revista Agua sobre las lajas, Tonatihu Mercado, que me haya hecho esta distinción de presentar esta, su primera novela: El mirón de la ventana no vio nada.

También agradezco y felicito a los compañeros de la cooperativa En Red Arte y a los compañeros del Foro Art Café por abrir estos espacios en donde pueden desarrollarse actividades de este tipo, para que los jóvenes escritores y algunos no tan jóvenes, puedan dar a conocer sus obras.

Bien, pasando al tema que nos trajo, quisiera hacer una serie de consideraciones que me llamaron la atención de la novela y que quisiera dejar planteadas.

Para mi este libro tiene básicamente tres lecturas distintas:

La primera es, desde luego, el texto de la novela, la historia, o mejor dicho, las historias que nos cuenta y que comentaré más adelante.

La segunda es que no se trata de un libro publicado sólo para leerse, sino que contiene una serie de ilustraciones que nos dan una lectura diferente, es decir, la interpretación de un artista gráfico que nos cuenta otra historia y está presente ahí, ya sea para ayudarnos a entender el desarrollo de la trama, para estorbarnos en la lectura; para darnos el retrato de los personajes, aunque también puede tratarse de un mero recurso gráfico o como un descanso visual. Lo importante es que siempre se encuentra presente, por lo que me atrevería a decir que Osiris Puerto es un coautor o por lo menos un descifrador de la trama de la novela, sin menoscabo, desde luego, de la historia que nos cuenta Tonatihu Mercado.

 La tercera lectura, según yo, la vienen a dar los prologuistas, Mónica Gameros y Manuel Pérez-Petit que nos ponen en antecedentes lo que después iremos descubriendo, viendo y degustando los lectores. Ahí están, entonces, con sus propias interpretaciones, lecturas y puntos de vista, tanto de la novela como de su autor.

Pero vayamos por partes, como dice el descuartizador:

Como un trabajador de las imágenes y de las artes visuales no puedo dejar pasar desapercibidas las imágenes y viñetas que Osiris Puerto hizo para cada uno de los 8 capítulos de que se compone este libro y que, como dije al principio, están ahí para contarnos otra historia, para ayudarnos en la interpretación o simplemente para poner, en el idioma gráfico, una disposición de personajes que intervienen en cada uno de ellos con sus interrelaciones, su disposición espacial y temporal.

A mi me llama particularmente la atención la forma en que se utiliza, en dos capítulos, el frontón un templo griego o romano en donde se reserva el lugar de honor, o sea el tímpano la parte más visible y protegida, al águila y al Dragón de Komoro, como los animales que “presiden” el desarrollo de la trama; ambos franquean al ojo de la cerradura colocado en el centro mismo del templo en donde se encuentra el ojo que todo lo vigila (que no es, desde luego, el Dios padre que todo lo ve, sino el Mirón de la ventana); en un segundo plano se encuentran la serpiente y la salamandra trepando cada una por las columnas del mismo edificio, pero guardando prudente distancia, lo que está muy lejos de ese encuentro carnal que nos describe Tonatiuh al final del primer capítulo, que me gustaría leer; (p.21)

Continuando con la descripción, es importante observar que este edificacio se encuentra sostenida o sumida, como se le quiera ver, por o en cualquier barrio pobre de la ciudad de México, en donde la prostitución, la mugre, la chatarra se dan cita junto con perros callejeros, ratas, moscas, borrachos, niños de la calle, vendedores ambulantes y prostitutas; a esto debe agregarse todo ese bullicio de un lugar en plena efervescencia; tendederos de ropa, antenas de televisión, donde la muerte acecha y el temor, junto con el hedor se sienten a flor de piel.

En los espacios abiertos entre columna y columna se encuentra la historia en donde a veces se pierden las palabras y se angustia  la lectura pero que, desde luego, no puede dejar de leerse.

Esto contrasta un poco con la gráfica del siguiente capítulo donde adquiere mayor movilidad. Desde la sobria barra de un bar donde un mapache despreocupado empieza una historia hacia la derecha o hacia la izquierda en la que los personajes se van transformando en una especie de metamorfosis, gracias al alcohol o las drogas para adquirir características de arácnidos, aves, insectos, ladrones o prostitutas o detectives.

En los siguientes capítulos encontrarán otras viñetas que prefiero que ustedes las vayan descubriendo e interpretando a su propio gusto.

La tercera lectura, como establecí al principio son los aportes y las interpretaciones de los prologuistas, de donde partiré, desde luego, para hacer mis propias lecturas y opiniones:

“Se ha comprado el tiket al viaje de la bestialidad humana” nos dice Mónica Gameros, antes de establecer que se trata de una novela pluridimensional en donde se manifiesta, de una manera clara y dramática la animalidad de hombres, mujeres y bestias…

Por su parte Manuel Pérez-Petit nos dice que se trata de un relato ocular; que es la mirada lo que construye el relato, la mirada del narrador y la mirada del “mirón”, la mirada que penetra en cuartos pintorescos de atmósferas nocturnas y bajos fondos.

Destaca, además que la noche es un elemento decisivo de la novela, no como misterio sino como revelación.

Una novela de nuestro tiempo; una novela abierta de la que puedan surgir, a su vez, innumerables novelas, en un círculo que, como la vida, no acaba nunca.

Bien, quiero partir de los elementos que destacan los prologuistas como son la noche, la bestialidad y la ruindad de la raza humana para intentar un acercamiento a la trama y al desarrollo de la novela, no sin antes comentar que cuando me puse a buscar definiciones de mirón, me encontré con el término voyerista o vouyer, pero además descubrí que existe como nombre propio y casualmente de un artista de las formas: Mirón de Teseo, aquel famoso escultor de la Grecia antigua que construyó en piedra y bronce una infinidad de imágenes de dioses y semidioses como Minerva, Hércules y Apolo, o el famosísimo Discóbolo (lanzador de discos), pero que también tuvo la feliz idea  de darles corporeidad a bestias reales y mitológicas, tales como el minotauro, una vaquilla, un perro o un sátiro. No creo que Tonatihu haya tomado como referencia de su mirón al este otro Mirón, pero la vida, la literatura y las artes están hechas de coincidencias y sólo lo menciono para que me preocupe por investigar un poco.

Ahora, regresando a la novela y para establecer ciertos paralelismos que me ayudaran a entender, me encontré con dos autores fundamentales de la literatura mexicana del siglo XX, que me brindaron cierta semejanza temática con la novela de Tonatihu:

Julio Torri y

Efraín Huerta

El primero que me llamó fue el escritor voyerista por excelencia, Julio Torri. Independientemente de la calidad de sus ensayos o poemas el fue, a decir de muchas mujeres que lo conocieron, “Un voyerista, un mirón” que pasaba sus horas libres observando a las mujeres jóvenes que tenía cerca (sobre todo a sus alumnas de la facultad de filosofía y letras), y como pasatiempo de fin de semana se lanzaba a “cazar gatitas” a los parques más famosos de la ciudad de México. Pero otra cosa que llana la atención y que me hizo traerlo a colación es su atrevimiento, por llamarlo de alguna manera de nombrar a las mujeres, según lo hace constar el investigador del Instituto de Investigaciones Filológicas de la UNAM, ARMANDO PEREIRA:

Julio Torri clasifica a las mujeres de la siguiente manera:

a) Mujeres elefantes: maternales, castísimas, perfectas, inspiran siempre un sentimiento esencialmente reverente.

b) Mujeres reptiles: de labios fríos, ojos zarcos, “nos miran sin curiosidad ni comprensión desde otra especie zoológica”.

c) Mujeres tarántulas: vestidas siempre de negro, de largas y pesadas pestañas, ojillos de bestezuelas cándidas. Ante ellas, sólo se puede vivir convulso de atracción y espanto.

d) Mujeres asnas: son la tentación y la perdición de los hombres superiores. El diablo a veces adopta su terrible apariencia.

e) Mujeres vacas: de ojos grandes y mugir amenazador, rumian deberes y faenas. Las define el matrimonio (1940: 37).

Algunas de estas clasificaciones las encontramos, sin duda en la novela de Tonatihu. Pero también está la noche, otro personaje fundamental y la vida nocturna de la ciudad, lo que trae a colación la obra poética de un cocodrilo, Efraín Huerta. De él quisiera retomar sólo un fragmento de “Los perros del alba” que nos puede ayudar a contextualizar la noche y como se miran las cosas en la penumbra.

“A la piedad los perros se acercan cautelosos.

Quedamente se ladran y corean su tragedia.

Saben, como los hombres, que la piedad no es

sino este amor de bestias que todos nos tenemos.”

No trato, de ninguna manera de hacer una comparación, sólo los traigo a colación porque son autores que me llamaron la atención por la temática, la forma de abordar y el manejo, tanto de personajes como de imagines.

Y, a propósito de cocodrilos me gustaría leer un fragmento de la novela que hace alusión a estoa animales o sus parientes (p. 57)

La podredumbre es otro personaje, en el que las personas, convertidas en animales, o animales convertidas en personas , protagonizan una más de las tantas noches de la ciudad de perdición en el que las drogas, el alcohol, la muerte y la violencia son el pan de cada día de uno de los tantos barrios que existen el a ciudad de México, y que nuestro autor llama favelas, al más puro estilo brasileiro, como si quisiera con esto ocultar todo aquello que sucede en nuestra ciudad y con ello quisiera hacerla más cosmopolita.

 Con un poco de espíritu detectivesco podemos preguntarnos quién es y que hace el mentado Mirón de la ventana, y por qué no ve o dice que no ve nada; quiénes lo acompañan y por qué no ve a  la rata que quiere ser mirada, y que tienen que ver con Tonatiuh y que papel juegan el narrador y el Mirón dentro de la novela.

Estas son preguntas, desde luego, que ustedes tienen que resolver en la medida que lean la novela.

Yo, por mi parte puedo opinar que me llama poderosamente la atención todo este manejo de animales, pero no por ello estamos, necesariamente, ante una fábula; o quizá si, lo que nos llevaría a hablar de una novela fabulada, que no es lo mismo que fabulosa. En ella los personajes van adquiriendo características y comportamientos de esos animales.

Lo que no podemos dejar de lado es que estamos ante una novela escrita por un poeta y como tal no puede dejar de lado, de ninguna manera, un manejo regio de las  imágenes y de la puntuación poética. Esta es la razón por la que encontramos frases y párrafos con una perfección poética o una armonía y musicalidad en la descripción y en el manejo de las escenas. Baste como ejemplo la descripción del mirón en la entrada del párrafo seis de la novela. Se trata de una escena y de una descripción manejada con singular maestría, que nos revelan a un poeta metido en las lides novelescas.

El Mirón también espera el diluvio como la salvación de la especie, y para ello lanza la última profecía: “Para que todo acabe Dios debe morir”. Frase proverbial que semeja aquella que lanzara Ignacio Ramírez, el Nigromante, en un documento provocativo para lograr su ingreso a la Academia de Letrán que decía “No hay Dios, los seres de la naturaleza se sostienen a si mismos. Frase que retoma años mas tarde Diego Rivera como “Dios no existe” que plasmó en su famoso mural titulado “Paseo dominical en la Alameda” que se encuentra en el hotel del Prado, pero que por presiones de la iglesia católica y de otros sectores de la sociedad mexicana tuvo que cambiar.

En medio de ese diluvio el mirón también construirá su Arca para salvarlos y para salvarse.

El uso de animales no fue, de ninguna manera, con la intención de hacer una fábula, sino el dar las características precisas a cada uno de los personajes que intervienen en la novela, con sus propias atmósferas, con su propio destino que  se toca en algún momento con los demás, y por qué no, con su propia fatalidad. (p86)

Finalmente no puedo mas que estar de acuerdo con Mónica Gameros y con Manuel Pérez-Petit en sus afirmaciones de que se trata de uno novela de nuestro tiempo, construida en un ambiente neo surrealista, como todas las cosas que están sucedeendo en nuestro país, en donde todo el mundo sólo mira pero no dice nada, porque su voz la tiene secuestrada TV azteca y televisa y porque además somos presas de un raro pesimismo y valemadrismo, dignos de una lombriz bajo la tierra.

Se trata de “El gran hermano”, el que todo lo ve. Es la cámara de vigilancia colocada en cada esquina de la ciudad; es la  transmisión televisiva de los sentimientos más  profundos de los temores de la gente; es el chisme convertido en noticia, en negocio, en arma, en mensaje embrutecedor que convierte en héroe o estrella a los más escandalosos y mediocres, gracias a la retención incesante de la publicidad en las pantallas de la televisión. No existe discusión o análisis,  tan sólo la repetición en las partes más escandalosas de una acción para no dar la posibilidad de mostrar completa una noticia. La parte por el todo, la sentencia por la crítica, la repetición por la verdad.

AGUA SOBRE LAS LAJAS 3

LA POESÍA MÁS ALLÁ DE LAS FRONTERAS; DE GUATEMALA A IZTAPALAPA

Por Tonatihu Mercado

El 19 de febrero del año apocalíptico en curso tuvimos el honor de que dos grandes de la poesía guatemalteca pisaran tierras iztapalacenses. La ceremonia se llevó a cabo en el museo del Fuego Nuevo, auditorio “Miguel león-Portilla”, en el merititito Cerro de la Estrella; el lugar perfecto para la reunión sagrada de la “flor y el canto”.

Representando a la “hermana república de” Guatemala, el más joven, Víctor Hugo Majus nació en el año de 1979, en la cabecera del departamento de Jutiapa. Publicista, notario, abogado, licenciado en ciencias jurídicas y sociales, egresado de la Universidad de San Carlos de Guatemala. Docente universitario. Autor del poemario “Primer recordatorio” 2005; el libro de relatos “”Biografías en sepia” y “Piel azul” 2009 también de poesía, todos publicados por Letra Negra editores. Al lado Armando Rivera, nació en la capital guatemalteca en 1962. Estudió historia en la Universidad de San Carlos Guatemala. Ensayista, antólogo, narrador, poeta, productor de radio. Autor, entre otras publicaciones de “Utopías tras el farallón”, cuentos 1998; “Piel para una Eva desterrada”, poemas 2003; “37º al sur”, cuentos 2004; “Mi ángel prófugo”, poemas 2006 y “Comerciales para mi muerte”, relatos 2008. Quien además es cofundador de Letra Negra editores.

Al ritual poético asistieron gratas personalidades como Marina Sánchez, Manuel Arias, Tomás Licea y el honorable Max Rojas. La presentación corrió a cargo de Mónica Gameros, reconocida poeta vecina de Santa María Aztahuacan que, innovando, increpó a los invitados extranjeros con una serie de interesantes preguntas, con la intención de que nos hicieran saber sobre su quehacer y sus estilos literarios. La sesión se tornó muy amena, poco cuadrada y solemne, en parte gracias a el humor coqueto y jovial con el que se descaró Armando, mientras Víctor Hugo le hizo segunda. Nos hablan de una Guatemala con poco interés por la literatura, pocos lectores, de pocos espacios para publicar; de una Guatemala en donde muy difícilmente se puede vivir de escribir. Sin embargo casi nadie podría negar que es la misma cantaleta de nuestro México; aunque algún incauto inocente se haya atrevido a decir que vamos en vía del desarrollo. Hay un aire en Armando y Víctor Hugo que es familiar, y no solo el parentesco del poeta residente de ningún y todos lados, ni la reconocida ausencia por andar siempre en las nubes, la sensación de pertenecer a otro tiempo y el presente no fuera habitable; sino además en esa voz hermana que tarda en reencontrarse, en ese romper el rostro del espejo para reconocerse como auténtico, huérfano, pero auténtico, irrepetible e irremediable.

Cuando los escuché recitar, aquel aire de nuestro sur, su acento, me hizo sentir la recompensa del amigo perdido en la huida, del tío que no había conocido, del medio hermano, del primo lejano, algo tan lejano y cercano como la flor mestiza de nuestros corazones. Esa extraña sensación que nos dejase desnudos y al parecer sin identidad. Veo en la poesía de Armando y Víctor Hugo, primero el reconocimiento, la fuerza como tal de convencerse de que la poesía es posible en Guatemala, veo su búsqueda que encuentra, un lenguaje, un camino, una necesidad. Veo una poesía guatemalteca que ha emprendido la batalla, con versos y publicaciones, que ha emprendido el camino independiente.

Aquella reunión de poetas al pie de la pirámide en dónde en tiempos prehispánicos se realizara la ceremonia de “Xiuhmolpilli” (atado de años), en el Cerro de los Huizaches (traducción literal del nombre en náhuatl “Huzachtépetl”) conocido en la actualidad como Cerro de la Estrella, en donde cada año se realiza la representación del viacrucis, es una metáfora de la conspiración de los hombres sabios que hablan con el tiempo y los dioses, el intercambio del aliento y el pulso –literalmente intercambiando publicaciones–, el canto peregrino de los guerreros que van del inframundo al mundo de los mortales, y desde allá, el sitio del corazón, los hombres de palabra juegan a los dados con las estrella, no le temen a la muerte, aman el azar.

GRITO DE MUJER

AGUA SOBRE LAS LAJAS 1

EPISODIOS DE LA HISTORIA DE CULHUACÁN

Por Tonatihu Mercado

H

ay un pasaje en la travesía realizada por los mexicas desde el mítico Aztlán hasta la fundación de la famosa Tenochtitlán, narrado por Fray Diego de Durán en Historia de las Indias de Nueva España e Islas de Tierra Firme, donde se narra un enfrentamiento muy peculiar, nada más y nada menos que contra nuestros antepasados los culhuas, justo antes de que aquellos encontraran la insignia de la serpiente y el águila en el islote.

Pero antes: Fray Diego de Durán (1537-1588), sevillano, se trasladó a la Nueva España a la edad de 6 años con su familia; ingresó en el convento de los dominicos en 1556. Su obra más importante fue concluida 1556 nombrada en el párrafo anterior, conocida también como el Códice Durán; publicada por vez primera entre 1867 y 1880 en varios tomos, por el interés de José Fernando Ramírez de rescatar dicho manuscrito de la Biblioteca Nacional de Madrid.

No siendo uno de los cronistas más confiables, no deja de ser de los primeros en escribir sobre los aspectos de la sociedad mexica, esforzado por aprender el nahuatl, realizando una investigación exhaustiva en fuentes orales, códices y de testimonios diversos, los cuales cotejó y confrontó para dar una versión acerca de los mexicas y sus contemporáneos, a semejanza de Fray Bernadino de Sahagún, en su labor que así como “El médico no puede acertadamente aplicar las medicinas al enfermo (sin) que primero conozca de qué humor, o de qué causa proceda la enfermedad[i]. En su tarea evangelizadora el idólatra es el enfermo, su enfermedad es el pecado; de tal manera necesitaban rascar en su Historia para entender el cómo es que éste incurre en el pecado y entonces remediar el mal.

Bueno pues “a lo que te trunge Chencha”: Tal es la fama y en verdad la hegemonía lograda en tampoco tiempo de los mexicas, que muchas veces dejamos de lado que en realidad fueron los últimos en llegar al valle del Anahuac; recordemos que llegaron pepenado un lugar en donde asentarse. De hecho, narra Durán, les esperaba una no tan cálida recepción, pues de la boca de Copil ya se habían desencadenado una bola de injurias contra los devotos de Huitzilopochtli, pues precisamente la hermana de éste, Malinalxochil, en venganza y en complicidad con su hijo, Copil, se dedico a difamar a los mexicas, que por orden de su hermano la habían abandonado allá en lo que ahora conocemos como Malinalco. De tal manera que los señoríos de Azcapozalco y Tacuba, Coyoacan y Xochimilco, Culhuacan y Chalco se pusieron de acuerdopara que todos, de mancomun, los cercasen y los matasen”. Sucedió entonces que el primer sitio a donde acamparon, Chapultepec, fue en consecuencia cercado por los ocupantes del valle. Les hicieron guerra, los mexicas hicieron frente al comando de los Chalcas, y aunque perdieron a su señor Vitziliuitl, con singular valentía lograron mellar a sus enemigos, consiguiendo además refugiarse en Atlacuihuayan (hoy Tacubaya); los Chalcas llevaron al rey mexica hasta Culhuacan y le dieron muerte. Los mexicas se repararon, reforzaron y por mandato de Hutzilopochtli fueron unos emisarios a dialogar con Achitometl, rey de Culhuacan, “encomendándose á él como á más benigno, confiados de que su clemencia les daría tierra, no solo para edificar, sino también para sembrar y coger, para el sustento de sus personas, mugeres e hijos”. De tal manera, “mostrándose sienpre el Rey de favorable á los Mexicanos, salió determinado se les diese un lugar llamado Tiçapan, que es de la otra parte del cerro de Culhuacan, donde agora se parten los dos caminos, el que va á Cuitlahuac y el que va a Chalco, el qual lugar estaba desierto, por estar cubierto de muchas culebras y bíboras ponçonosas”.

La sorpresa para los culhuas fue percatarse, que al pasar el tiempo, los mexicas, aun comiendo víboras, habían logrado hacer un buen establecimiento; fue así como les fue permitido entrar y realizar contrataciones en la ciudad de Culhuacán, además de emparentarse de manera formal entre ambos bandos.

Es muy sabido que entre todas las culturas establecidas en el valle de México, los mexicas son de carácter muy bélico, mucho de ello tiene que ver con su patrono Huitzilopochtli, “enemigo de tanta quietud y paz, amigo de desasociego y contienda, el que además les indico lo siguiente: “no es este el asiento que os tengo prometido, más allá queda, y es necesario que la ocasión de dexar éste donde agora moramos, no sea con paz sino con guerra y muerte de muchos […] y el medio sea que vayais al rey de Culhuacan, Achitometl, y le pidas su hija para mi servicio, y luego os la dará, y esta ha de ser la muger de la discordia… El dios mexica habría de tomarla como madre y esposa.

La siguiente escena debió de haber sido aterradora: Achitometl, junto con todo su sequito fue invitado a la ceremonia, “teniéndolo por bien, se levantó y fuese al templo […] y entrando en la pieza donde estaba el ídolo, empeço á hacer grandes ceremonias y á cortar las cabezas á las codornices y á demás aves […], y por estar la pieça algo oscura no via á quién hacia aquel sacrificio; y tomando un bracero con lumbre en la mano, según la industria que le dieron, echó encienço en él y empeço á encençar los bultos, y aclarándose la pieza con el fuego, vido al questaba junto al ídolo sentado; vestido con el cuero de su hija, una cosa tan fea y orrenda…”.

Como se imaginarán, Culhuacán reanudó la persecución contra los mexicas.

Muchas son las versiones que podremos encontrar de éste u otros episodios de la historia prehispánica. Por  mi parte, yo encantado en hacer polémica y escuchar a mis lectores, con aportaciones o algunas otras historias de interés de nuestra mítica Iztapalapa.

[i] Sahagú, Fray Bernandino de; Historia General de las Cosas de Nueva España; Purrúa, México 1999

GARAGE 69

EL GRITO

ANTOLOGÍA

XIV ENCUENTRO INTERNACIONAL DE POETAS

FLORES DEL COLIBRÍ

Incluye “serie Vulválica para escotes largos” y “Un hombre que dijo ser el mar”; Ediciones Verso Destierro 2009

Descarga aquí: Flores del colibrí PDF

PRESENTACIÓN

La exaltación es acaso el más arduo y exigente método de viaje de cuantos un hombre puede elegir para hacerse poeta.

Suele suponerse lo contrario. Porque suele confundirse intensidad con delirio y exaltación con inconsciencia.

Pero mientras se mueve, renovándolas, dentro de las márgenes de la verdad poética, lo que la exaltación explora son los límites últimos de la lucidez.

Así, mirada y voz, cuando lo son de veras, tallan en la exaltación una fuerza poderosa, devastadora e incontestablemente vital. En manos de un auténtico poeta, la exaltación hace de la luz espada.

El riesgo de esta ruta se llama extravío. La ausencia de límites visibles suele generar el espejismo de que los límites no existen. Y el camino suele llenarse de hombres vociferantes que creen ser poetas con espadas de luz, cuando ni siquiera han sido capaces de empuñar sus propias manos.

Por todo ello, el hombre que para hacerse poeta elige la ruta de la exaltación, liberando en su interior el vórtice primigenio del caudal de la imagen, desatando los sentidos como furia, el deseo como ruptura, la sonoridad del lenguaje como un tajo a lo decible, vive en la poesía una permanente batalla, una cotidiana contienda, un hábito de guerra.

No es casual (nada en suelo poético lo es) que para este, su primer conjunto de poemas, Tonatiuh Mercado haya escogido (haya sido escogido por) el amparo tutelar del colibrí. El colibrí es aquel guerrero que con su muerte ha ganado el derecho de nacer junto al sol.

He aquí un hombre que ha elegido la ruta de la exaltación para hacerse poeta, y que ha sido elegido por el más sutil de los puertos de llegada.

Que mañana, con el sol, nazca un nuevo colibrí.

Y que ya nacido, el colibrí dé flores.

Sergio J. Monreal

Presentación del libro

LAS FLORES DEL COLIBRÍ de Tonatiuh Mercado

22 de julio del 2009

Conozco a Tonatiuh Mercado desde hace más o menos una década, cuando elaboraba una teoría del lenguaje que denominó “El blablaísmo” y que él concibe como el buceo en las profundas y oscuras mareas del sentido del sinsentido, las cuales, supongo, le permiten navegar con mayor ligereza en las aguas superficiales del sinsentido del sentido. Más adelante, nuestra relación académica se encaminó en su tesis de licenciatura. Por qué me escogió a mí como asesora es un misterio que no pretendo aclarar nunca, las razones siempre suelen ser irrelevantes, pero el asunto fue que el tema que me propuso sí me entusiasmó mucho, y esa fue la razón de que yo aceptara, a saber, develar la filosofía que subyacía a la poética de William Blake. Y a pesar de que compartíamos una idolatría hacia el poeta grabador, no estuvimos de acuerdo al principio en lo que entendíamos por tal filosofía, pues Tonatiuh insistía en que se trataba de un sistema de pensamiento y yo consideraba que eso era ofensivo para un poeta que ironizaba la idea de que existía un orden que pregonaba el cristianismo y su civilización occidental. Entonces metí a Tonatiuh en unos vericuetos enormes sobre el papel de la imaginación y el lugar que ocupaban las imágenes en su obra, como arma fundamental para derrumbar esa visión del mundo estática y autoritaria que  pretendía representar la verdad, para en su lugar entronizar una imagen del mundo siempre transformable, siempre posible, siempre siendo otra, siempre siendo libre; esto es, una imagen divina del mundo en la que el pensamiento imaginativo se convirtiera en la bandera de la libertad del espíritu. Bueno y la cosa fue que así, instalados en el blablaísmo, no la pasamos muchos meses en los que dejamos de vernos y luego reencontrándonos, para que finalmente se terminara algo que, obviamente, no tenía nada que ver con una tesis y, mucho menos, con el nombre oficial que se le dio en la UAM a este trámite administrativo para salir de la Universidad: “idónea comunicación de resultados”, pues ni era idónea –en realidad nadie entiende que quiere decir eso-, y mucho menos comunicaba algún tipo de resultado de algo. Pero habíamos sido coherentes con lo que creíamos de nosotros y del trabajo, esto es, que lo que habíamos logrado encontrar no era decible en ese lenguaje administrativo-burocrático-siniestro. Así que estamos muy contentos con el resultado que no fue resultado de nada, excepto de unas largas charlas en las que disfrutamos los poemas de Blake y sus grabados.

Supongo que debido a que compartimos esta condición de outsiders universitarios es que Tonatiuh me ha insistido tanto en que presente sus libros, y como ya me había escapado de la presentación del anterior, ahora no podía huir de este enorme problema que representa para mí decir algo sobre la poesía, cualquier poesía, la de quien sea.  Debo aclarar, por otra parte, que no es la primera vez que me encuentro metida en estos berenjenales, ya Edgar Khonde me hizo lo mismo en otra ocasión, en la que dije algo que vuelve a ser apropiado aquí: la poesía sólo se puede decir con poesía y yo no soy poeta, así que lo que diga será sólo en mi calidad de lectora, y de muy mala lectora de poesía, por cierto, porque ya mi tiempo para soñar con el lenguaje me lo han ido robado un montón de tareas absurdas que debo cumplir para reducirme a una máquina sabionda que repite cosas que no entiende, y que, además, debe decirles a los demás que deben saber eso que no se entiende, pero que deben hacer como que lo entienden. Algo muy raro y que se llama actividad académica. Una praxis harto perversa y que será muy difícil exterminar. Pero, bueno, el asunto es que yo debo decir algo hoy sobre “Las flores del colibrí” y no cansarlos con mis quejas y amarguras existenciales, pues acabaría como el personaje del monólogo de Chejov “Sobre el daño que produce el tabaco”, que nunca habló del tema que lo ocupaba y le robaría cámara al poeta con mis sufrimientos.

Comenzaré entonces por comentarles que es muy difícil leer un libro de poesía de Tonatiuh si uno no se lo imagina leyéndolo con un antifaz de su confección y algún otro elemento performancero en el entorno de la lectura que suele hacer de sus poemas en cualquier lugar en el que le den chance. Y es que para él la poesía sin el cuerpo y sus danzas que acompañan a la voz, sin los tonos que suben y bajan por su pecho y que construyen líneas sinuosas como las de las curvas de sus mujeres, pues no es poesía. Y esto es así porque Tonatiuh vive la poesía corporalmente, no cree que sea palabra sonora nomás, no, para él la poesía es estar en el mundo armándola de tos, intranquilizando, sacando de onda a las buenas conciencias: dirigiéndose al otro. Así abre el libro con un poema que titula: “Tu mundo una mitad yo la otra”, en donde el yo sólo es invocación de ese tú que, en su acento, se distingue del posesivo átono por ser puente con el otro que soy yo, o sea, tú, o sea, mí con acento:

Tengo miedo de que tú carne olvides de mis manos

Tienes miedo de flagelar yo vientre con tú sonrisa al sol

Tenemos aire, vuela el miedo

Manos que tú muslos me llamas.

Llamas, llamas…cenizas.

El frío tú desnuda me pides que aleje de mí manto

Me tiendes tú tristeza para mí noche no olvidar

La ventana luna, brilla el cristal

Tú cuerpo, manos nuestras,

Nuestras, tú…mío.

Blanco mi cuerpo tú brazos de enramadas

Yo hoguera tuyo el incendio hoguera

Sudando, tú cama, llorando yo sexo

ojos, nariz, dientes

dientes…dientes diletantes.

Una bocanada de tú abismo

[me devoras mío manzana

Silencioso tuyo gemido fugaz mi letargo eterno

Una lágrima sobre mí distancia irás lejos

lejos, ambos lejos,

juntos…ajenos.

Me parece que lo que él quiere con esto es recuperar el sentido primitivo de la vida en un lenguaje que hasta los que lo odian tienen que escuchar porque nombra por su nombre, es decir, no se esconde tras las palabras. Díganme si no estoy en lo correcto cuando la erótica segunda sección del libro en cuestión se titula: “Serie vulválica para escotes largos”  y el primer poema “La chica del clítoris turquesa”, una chava que, por cierto, le permitió volver a nacer según relata en una épica lucha de flujos que peleaban contra cuervos carroñeros.

Por este camino llegamos a un  nudo que encuentro en estos tres poemarios reunidos en un libro al que le da nombre el primero de ellos: el renacimiento eterno a través de una vida enraizada en ese fundamento salvaje que Tonatiuh no quiere abandonar y que, todo apunta a ello, ha reconocido atinadamente en lo femenino, en “lo mujer”, que no es otra cosa que la naturaleza que nos habita y que no se deja racionalizar en rotundos sistemas de axiomas y teoremas que sólo constituyen murallas, escondrijos y paredes para encerrarnos de la vida.

Buen ejemplo de lo dicho, es el  poema “Óvulo”, de la misma sección vulválica, que alude a todos los símbolos de la femineidad:

Carne viva,

Su caudal rojo de muerte lunar,

óvulo subversivo

haciendo pintas en las sábanas

paredes

gestos

escandalosa manifestación

por las avenidas de los muslos

escurriendo debajo de la regadera

y se va y se va triste por la coladera

y se va

y se va

sin el esperma de su vida.

En “Sofía” es todavía más evidente esta convicción de que el sentido del sinsentido está en lo mujer,  un poema en el que confiesa:

Quedé preñado de ti

como se cargan las nubes de agua,

como se engendran las cuadras del tiempo

como se pega el becerro a la ubre

quedé preñado de ti

que podría dar a luz por los ojos

me pongo Sofía de ti

a cadera y córnea, estoy en cinta

de tu noche embarazado de estrellas

quedé preñado de ti

que me pongo mujer tus vestidos

de tarde,

tus zapatos

tus veintiochos

y entonces,

me pongo los días

a la cuenta de Venus.

Esa es la fuerza que Tonatiuh anda buscando en el mundo a través del lenguaje. Una fuerza que asusta y deja atónito a más de uno de los que lo han visto leer poesía, Por eso no es él el poeta encerrado en la melancólica inspiración del iniciado en las lides de los premios y los reconocimientos, él se va a la calle. Del encierro sólo le gusta la oscuridad de la genitalidad y las sombras del erotismo húmedo en las sábanas. Lo privado para él siempre es compartido, es lo amoroso, de ahí que, en consecuencia, su poesía discurra siempre en el escenario de lo público. Pues si revolucionario sólo es quien logra revolucionarse a sí mismo, para Tonatiuh este es el perfomance de desnudarse ante los demás. La revolución es, por tanto, vulválica, como lo expone en este poema-manifiesto revolucionario:

La fiera vulválica

tiene un hoyo negro

entre el sonido y el inconsciente,

la resurrección

es la implosión al infinito,

tener un coño entre las manos

tenerlo puesto

rehilete y licuadora de tiempo,

pulso

desenvainando goce

de guerrilla clitórica:

Revolucionaria.

Es Tonatiuh, por cierto, un filósofo raro que todavía cree que la poesía es pensamiento- conocimiento, un canto del alma que siente lo que piensa y que, por tanto, no cree que se piensa en la cabeza. Esa es la razón de que siendo conciente de que no pertenece al mundo falso de las cosas que se poseen, vive alegre en ese mundo verdadero que es el que él ha construido con los otros en el diálogo poético de esencia erótica. Esa es la razón de que el libro termine diciendo: “Gracias”.

Una larga lista de esos sus amigos, que considera, según dice, gente que cree en él más que él mismo, llenan la última página del libro, y entre la que le agradezco me haya incluido.

Debo añadir que algo más que singular en la escritura de Tonatiuh es el hecho de que sea alegre y festiva. Celebra a la vida aún cuando esté tratando un tema tan escabroso como lo es el de la madre. Y es que el poema, “Madre”, me parece especialmente interesante para mostrar la entraña de su escritura y se los voy a leer para que entremos al libro por la parte más recóndita de la caverna de sus sentimientos, esos sentimientos pensados que, según yo fondean en el encuentro con lo femenino. Dice ahí:

Que se vaya a caer el crepúsculo

por entre tus piernas

y que sea por tu sexo

por donde nos coja el Apocalipsis,

¡trágame Tierra!

en el fango hondo y tus tinieblas

quemante

infernal

-me calcina tu odio de Madre-

y se abren las grietas

por sismos uterinos

se derrumba la civilización

y nos dejas en bestias

en un orgasmo

sin Dios,

y cuando por fin

vuelvas a parirme

de rodillas te diré

-Madre:

cómo amas

la muerte

Espero que con lo dicho se animen a leer este libro, erotizados con esta voz que debemos agradecerle a su vez nosotros a Tonatiuh que nos la devuelva, en unos tiempos en donde la severa cara de ese alguien que sin rostro nos ve desde la tele, mudamente nos deja tristes, y ya sin ninguna esperanza.

Laura Hernández

Verano del 2009 en Iztapalapa

Blabladas

Ediciones Raíz y Tumba, 2008
Segunda edición, 2009

Ejemplares agotados… Próxima redición

“Nube enmascarada”

¿Qué puede llevar a un hombre a ser poeta? Quizá la magia, o el poder, o las entrañas revueltas de un niño que de hombre se vuelve gigante.

¿Qué puede llevar a las palabras a ser poema y después poesía? A lo mejor las ganas del gigante arrodillado en hombre y convertido en niño.

Pero cuántas caras tiene la máscara de poeta: la de rey, la de misterio, la de garra, la de hambre… la de sueño…

El trabajo del poeta es hacer que la inspiración tome forma de arte, porque las musas solas no pueden luchar contra el vacío de la hoja en blanco, y mucho menos con la tormenta de la belleza efímera. Hacer poesía es más que un simple ejercicio de masturbación mental, o de dolorosa espera, o de corazones reventados, o de presunción blasfema. Es otra cosa, qué, eso no lo sabe nadie.

Lo cierto es que de vez en cuando el ADN de un hombre se espesa, y las caricias de su vida se le vuelven cicatrices; entonces, y sólo después del imprescindible trabajo intelectual, la síntesis de proteínas de una célula se convierte en luz.

La diferencia entre poema y poesía radica en el la existencia del alma, y con alma no se nace, esa hay que ganársela.

La primera vez que vi a Tonatihu él estaba montando en una escalera, con una máscara de luchador, hablando de blabladas y bla y bla y bla y bla… Dije, “a este tipo qué le pasa…” Aún no sé qué le pasa, pero estaba buena su poesía.

He visto a Tonatihu pegar, encuadernar, escribir, intentar ligarse a una chava, vender sus libros en la banqueta, jugar al luchador, subir y bajar una escalera, y un largo etcétera… Pero nunca, jamás, lo he visto tirar versos sin motivos de aguas hondas.

Y es que el poeta, y el escritor en general, debe, antes que nada, ser honesto. Quien es poeta para tragar de la poesía es un payaso muerto de hambre. Quien siembra versos por cosechar labios no pasa de onanista. Quien forma letras por tocar el cielo, nunca logra abandonar la tierra.

Hacer poesía es vivir en la poesía, no de ella; y ahí, trepado en una escalera en pleno Zócalo capitalino, descubrí a un hombre intentando una nueva forma de acariciar las nubes. Y es que nunca he visto a Tonatihu sin una nube sobre él.

Este libro cuenta su propia historia, la misma del que nace y está destinado a morir, porque todos los hombres somos el mismo hombre, con los mismos sentimientos, aunque haya quien se afane en creernos distintos para justificar las guerras y las tumbas. Todos estamos expuestos a la poesía, todos amamos como ama el poeta y sucumbe el guerrillero.

Dicen que publicar poesía es un mal negocio, y quienes dicen, dicen bien; pero el mundo, aunque muchos no lo crean, es mejor si se mide con metáforas.

¿Cómo se vería Baudelaire vestido de luchador? Igual que cualquier poeta con poesía. Y es que para crear un mundo, y para ser un buen escritor, y para ganarse un alma no es necesario vender el cuerpo, ni apellidarse de otro modo, ni esperar el aplauso del mainstream. Sólo hace falta escribir, pero escribir bien.

Un hombre libre crea sin esperar nada a cambio. Una editorial independiente publica sólo por el puro gusto de gritar, porque tenemos voz y con eso nos basta.

Un poeta no elige serlo porque eso no se escoge, simplemente un día se espesa el ADN y las palabras le quitan el casi a las distancias y los blas se vuelven metáforas de sí mismos como el mundo es metáfora de cada hombre.

Para ser poeta, además de todo, se necesitan sueños. La creación independiente en este país ha llegado a un punto en el que ya no busca, sino fabrica sus propios espacios.

Y los sueños, para ser tangibles necesitan esos espacios, entonces, la única forma de realizar los sueños es en libertad.

La primera vez que vi a Tonatihu fue también la primera vez que vi a un poeta, trepado en una escalera, querer tocar el cielo para ponerle máscara a las nubes y así convertirlas en poesía…

Alfonso Franco Aguilar

PROLOGOMAQUIA, TRATADO DE BLABLADOLOGÍA

O SOBRE LA HIPOPOTOMONSTROSESQUIPEDALIOFILIA…

Bueno, debo confesarles algo: la hipopotomonstrosesquipedaliofilia no existe, pero quizá debería existir simplemente por el gusto y la necesidad de definir una blablada… Existe, claro, su concepto contrario, la hipopotomonstrosesquipedaliofobia, forma que irónicamente define en la jerga de la psicología el miedo a las palabras extensas, raras o de uso poco frecuente. Pues creo fervientemente que  la hipopotomonstrosesquipedaliofilia debería existir simple y llanamente para poder hablar con más soltura y precisión de una blablada.

La primera vez que escuché algo similar a las blabladas fue hace muchos años, en una tira cómica en la que los chicos de la escuela veían a su maestra sólo como una molesta cantaleta sin sentido, representada por el universal código de “bla bla bla”… después supe que existía el Blablaismo y que el Diccionario de la Real Academia Española no define como “el peor enemigo del lenguaje conciso. Nace como un reflejo de la verborragia oral, o bien es producto del ‘vuelteo’ a que lleva el esfuerzo por expersarse de la mejor manera posible o del modo más cortés” (digo que “no define” porque no está en sus páginas… pero siempre hay algo en la Web como esta definición de Avelino Herrero Mayor). Y luego, al llegar el séptimo día, como otras quinientas víctimas más, empecé a recibir correos electrónicos con las Blabladas de Tonatihu Mercado.

¿Qué es una blablada? Es un magnífico ejemplo de verborragia incontinente que no rehuye la megalologia ni se asusta ante la amplificalofilia. Eso puede verse desde la página impresa: la conformación plástica de cada blablada recuerda ineludiblemente la de una cascada cayendo libremente por el espacio en blanco de la hoja. Palabra en caída libre por la hoja, caída hojete, cuyos resultados son salpicaduras de agua o de esperma o de vómito o de sangre de un suicidio que termina por alcanzar al lector. Así, las blabladas se erigen como memoria del impulso vital en el que se originaron, y si cobran vida y saltan de la página y atacan al lector hasta provocarle una mueca, una sonrisa o un ceño reflexivo… pues es por el puro gusto de hacerlo. La blablada también tiene algo de lúdico, pero limitarla al juego y al coqueteo con la lengua también es reducir sus posibilidades. La blablada no es una jitanjáfora, término acuñado por Alfonso Reyes en 1929 para definir un poema del  Marino Brull (“creaciones que no se dirigen a la razón, sino más bien a la sensación. Las palabras no buscan aquí un fin útil. Juegan solas”); tampoco es una greguería al estilo de las de Gómez de la Serna(que solía definir como “humorismo+metáfora= gregería”); la blablada persigue (y consigue) fines más nobles: comunica la inconformidad del autor y del lector con el mundo. En ese sentido, la blablada es como la letra que queda cuando al canto de protesta le quitamos la música: muchas palabras terminan por crear una blablada, constituida primerísimamente por diferentes tipos de blablemas y por algunas blablosadas perfectamente amalgamadas en un primer impulso creativo… aunque también podría ser todo lo contrario.

En todo caso, si la blablado no alcanza a su lector, pierde parte de su esencia, comunicación sobre la imprecisión de la comunicación (en la que una voz pide “que nazcan todos los árboles de silencio / para por fin entendernos”), sobre la necesidad de desacralizar la poesía (por ello pide con urgencia “papel”, “papel” pero no para escribir, sino para limpiarse en el baño), sobre la necesidad de ser un poco más nosotros mismos y menos la máquina de pensar y decir atinadamente que a menudo hemos aprendido a ser. La mejor definición de blablada,  ahora lo veo claro, somos nosotros mismos: los lectores tomados del cogote por un personaje imaginario traído de las peores pesadillas de David Lynch o de los sueños más ajetreados de Tim Burton: ese Blablart Bocón a quien deberíamos agradecerle tanto.

Por supuesto, por encima de todo esto, lo que nunca puede olvidarse es que:

“La blablada también es cultura”

Por eso, sólo por eso, llegamos hasta aquí.

Alejandro Higashi

Universidad Autónoma Mtropolitana-Iztapalapa





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Una respuesta to “PUBLICACIONES (Libros, compilaciones, artículos…”

  1. Patricia Ontiveros Trejo Says:

    Hola la verdad toda esta informacion esta padre soy pseudopoeta y me encanto por favor orientenme donde puedo conseguir el libro de Tomas Licea Mariposas Locas la verdad lo he buscado muchisimo y no lo encuentro no se si este en alguna libreria o ustedes me pudiesen orientar mil felicidades por todo lo que hacen y sigan adelante y cosechando exitos quedo de ustedes saludos

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