PRENSA, NOTAS PERIODÍSTICAS





9 de Abril de 2008

José Manuel Ruiz Regil

El que fuera foro oficial de los miércoles itinerantes de poesía durante el 2007, abre sus puertas nuevamente a la literatura. Ya no las de los salones privados de arriba con piso de duela y cuadros con fotografías del México de principios del Siglo XX, sino abajo en el restaurante-bar, donde el ambiente bohemio se siente denso y lo mismo corren por las mesas sandwiches, cafés, galletas, que las reglamentarias e inspiradoras chelas, entre fichas de Backgammon, mulas de seises, torres y alfiles. El tradicional salón Bistrot en Alvaro Obregón 61 es casa-refugio desde hace mucho tiempo para los amantes del azar. ¿Quizás por ello, el poeta se sienta bien ahí. La única diferencia es que ahora no hay humo. Se hubiera pensado extraño un escritor sin ese dejo de sufrimiento gozoso que lo hace pestañear para evitar que las volutas blanquecinas le penetren el ojo, y triture mientras lee, la colilla del cigarro contra el cenicero relleno, en un desplante de autosuficiencia muy asimilado por los aspirantes y oficiales de las letras. Parece que a nadie le hizo falta. Bastaron las palabras para hacer el ambiente.

Comienza la sesión con Pedro Emiliano vestido de negro y sentado de “Horacio” (….con una nalga en el espacio), para poder compartir mesa con sus compañeros Tonatiuh Mercado, Adolfo Greco y Refugio Pereira. Su propuesta parece invitarnos a caminar los callejones lúgubres y solitarios de mala muerte y de peor vida con el arrojo del valiente de la lotería, jalándole el escote a la muerte para encontrar esa experiencia que justifique esta vida sosa y traicionera. Muy a tono con la obra que presenta Gaytán esta noche, “Guadalupano, nacionalista y muy macho”, parapetada junto a las veladoras y otros santitos que cuidan el negocio desde lo alto de la ventana. Sus líneas tienen el sabor de la provocación desencantada Tragar ácido a modo de introducción”, “Instrucciones para morir”, son los títulos de sus dos primero poemas. Sus otras líneas (las blancas) son anecdóticas igual que lo es el alcohol, el hotel, el arma o la calle. “Pestañas encendidas”o “Salón San Luis” retratan el ambiente sórdido del desfogue burocrático con los ojos del testigo que va una copa atrás y todavía puede ver que “los paquidermos quieren filete de garza”. Bukowsky a la mexicana. Irreverencia cuyas imágenes apenas cruzan la frontera del alarde “que no se caiga el arma de las manos/ cuando se venga el suelo velozmente hacia le rostro”.

La poesía de Tonatiuh Mercado es de una literalidad tan ordinaria que ese revés humorístico que da a sus finales, brinda una imagen fuerte que hace al poema. Su actuación de pie, segura, bien plantada, la acompaña al principio portando una máscara de luchador. Desde la sombra reclama a la madre en “Balada 7” haberlo parido pato en vez de cisne, y en “La espada”, lamenta la orfandad de una erección por falta de miembros. Paradoja semántica. Su voz se proyecta en escatologías que retratan una animalidad acotada, acaso, por un deseo de erotismo purificador. Los temas autorreferenciales a los humores, la condición del cuerpo, la domesticidad como tragedia y la liberación masturbatoria tienen en él una función terapéutica de auto- afirmación “…las cobijas apestan a pedo y patas, ¿Quién puede soñar así?” que promete catapultarlo hacia otra revelación, al terreno metafísico o al diálogo ficticio como en “Amémonos flor”, donde se nota un cambio de tono hacia una poesía más sintética, imaginativa, alejada de ese aparente naturalismo anti-higiénico.

Adolfo Greco abre su lectura con un poema de la serie Los tradicionales. Reflexiona en principio sobre la ventaja de mejorar sus poemas en un diálogo interior que plantea diversidad de posibilidades y razones por las cuales hacerlo. La disertación cabalga a buen ritmo sobre opciones reales e imaginativas, –“hablar en plural o en precipicio”-anudadas por anáforas que regresan al tema aportando una musicalidad que contribuye al balance orgánico del poema, y dejan al escucha con un grato sabor de boca, amén de la buena dicción y poco pretenciosa actitud del poeta ante el público. Deja a las palabras hablar por él. Para Greco la poesía parece ser un aparato que hay que desarmar y recomponer, descubriendo las combinaciones de piezas que no se habían pensado antes. Comprometido con llevar la idea hasta su punto máximo, el poeta no se complace con el facilismo de su ocurrencia, ni se regodea en el hallazgo. Trabaja, explora y pule. Tampoco se esconde en formas. “Duda de mí mismo” es una delirante discusión sofista entre él y sus múltiples yoes, donde cada línea tiene vida propia, y su naturaleza dialógica constituye un elemento imprescindible para la construcción del fenómeno ontológico. Tanto fárrago filosófico se aligera y aclara con un espíritu lúdico Cortazariano bien asimilado que parece dar al autor una poética sólida y congruente.

“Te elijo a ti porque siempre elijo lo peor”. Sentencia suicida con la que Refugio Pereira inicia su lectura, para volver a la estética de la sordidez, la soledad y el victimismo heroizado “Con él eres una perra apaleada y chillona”. Sin embargo, en ese abismo obcecado y seco de esperanza, habita el deseo “En la calle del incendio fui mujer de paja”. Nostalgia de muerte.

De su poemario “De noche una llama” comparte algunas imágenes que son como la voz de una migala hambrienta; una mantis esperando el orgasmo del macho para comerle la cabeza. Cierra la lectura con la seducción papilar del último verso de “Acontecen las noches” “el vino es más sabroso en tu boca”

Hasta la próxima.

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